La Nacionalidad de las Flores: Una Reflexión sobre lo Natural, lo Humano y lo que No nos Pertenece
La idea de otorgar nacionalidad a una flor, a una planta o a cualquier expresión de la vida vegetal revela más sobre nuestra condición humana que sobre la naturaleza misma. Las flores no han firmado ningún contrato social, no pertenecen a Estados ni a banderas, no conocen fronteras ni pasaportes. Su existencia sucede en un territorio previo a la geopolítica, previo incluso a las categorías con las que intentamos ordenar el mundo.Sin embargo, las clasificamos: flores nativas, endémicas, exóticas, locales, “propias”, “ajenas”, “de acá” y “de allá”. Esa necesidad de adjudicarles origen y pertenencia responde a un rasgo profundamente humano: la tendencia a proyectar nuestras estructuras sociales, nuestras nociones de identidad y nuestras categorías culturales sobre aquello que, por definición, es libre de ellas.
1. La nacionalidad como categoría humana
La nacionalidad es un constructo histórico y político. Es el resultado de acuerdos sociales, leyes, guerras, delimitaciones territoriales, y procesos culturales que consolidan identidades colectivas.
Las flores, por el contrario:
no eligen territorio,
no distinguen fronteras,
no se organizan en Estados,
no se someten a constituciones,
no establecen sistemas jurídicos.
Incorporarlas en esta lógica es una forma de antropocentrismo: leer la naturaleza desde categorías que le son ajenas, aplicándole sistemas de clasificación que sirven para ordenar la vida humana, no la vida vegetal.
2. La “nacionalidad” de una flor es un accidente del paisaje
El lugar donde una flor crece es consecuencia de procesos ecológicos, no de decisiones ni identidades.
Luz, humedad, suelo, temperatura, altitud, interacciones con animales o microorganismos… Cada flor es el resultado de un entramado vivo que podría haber ocurrido en cualquier otro punto del planeta bajo las mismas condiciones.
Cuando decimos que una flor “es chilena”, “es mexicana”, “es mapuche”, “es mediterránea”, lo que en realidad estamos diciendo es que germina en un territorio humano que nosotros decidimos delimitar, pero su biografía no coincide con nuestra historia.
Ese territorio existía mucho antes que las fronteras.
3. Las flores no tienen patria, pero sí contexto
Aquí aparece un matiz importante: aunque las flores no tienen nacionalidad, sí poseen contextos ecológicos y culturales.
Ecológicos, en tanto son parte de un ecosistema.
Culturales, en tanto los seres humanos las interpretamos, las usamos, las simbolizamos.
El pueblo mapuche, por ejemplo, reconoce la potencia espiritual de ciertas flores nativas.
El Mediterráneo ha asociado flores específicas a rituales, mitos y curaciones.
Cada cultura establece una relación particular con las flores, pero eso no les otorga identidad humana: nos otorga identidad a nosotros en relación a ellas.
Cada cultura establece una relación particular con las flores, pero eso no les otorga identidad humana: nos otorga identidad a nosotros en relación a ellas.
4. Terapia Floral: cuando lo natural trasciende la frontera
En el ámbito terapéutico, la idea de nacionalidad pierde aún más sentido.
Las flores trabajan con emociones, arquetipos, procesos energéticos y dinámicas psíquicas que trascienden cualquier identidad territorial.
Una flor no necesita pertenecer a un país para interactuar con la tristeza, el miedo, la confusión o el bloqueo emocional de una persona.
Sus propiedades actúan a un nivel universal, no cultural: a nivel de la condición humana.
Por eso es coherente afirmar que:
las flores pueden representar emociones humanas sin importar su origen,
pueden ser aplicadas clínicamente más allá de su ecosistema nativo,
pueden trabajar procesos internos que no conocen fronteras lingüísticas ni geopolíticas.
5. Liberar a las flores de nuestras categorías
Reivindicar que las flores no tienen nacionalidad es, en el fondo, un gesto de humildad epistemológica.
Implica reconocer que no todo lo vivo cabe en nuestras clasificaciones.
Implica aceptar que la naturaleza posee sus propios ritmos, su propia lógica, su propia manera de existir.
También invita a descolonizar la mirada terapéutica:
dejar de pensar lo floral desde el orgullo territorial (“son nuestras flores”),
y comenzar a pensarlo desde la interdependencia del mundo vivo.
Conclusión
Las flores no son chilenas, argentinas, mexicanas o europeas.
No son mapuche, ni mediterráneas, ni andinas en el sentido humano del término.
Son expresiones de la vida.
Son resultado de la Tierra, no del Estado.
Al trabajar con flores —ya sea en la naturaleza, en la terapia floral o en la investigación— el desafío es aprender a verlas libres de nuestras categorías, para poder recibir lo que verdaderamente ofrecen:
un lenguaje universal, una medicina emocional que no conoce fronteras, y una forma de sabiduría que recuerda que el mundo natural siempre fue más grande que nuestras fronteras humanas.
Implica aceptar que la naturaleza posee sus propios ritmos, su propia lógica, su propia manera de existir.
También invita a descolonizar la mirada terapéutica:
dejar de pensar lo floral desde el orgullo territorial (“son nuestras flores”),
y comenzar a pensarlo desde la interdependencia del mundo vivo.
Conclusión
Las flores no son chilenas, argentinas, mexicanas o europeas.
No son mapuche, ni mediterráneas, ni andinas en el sentido humano del término.
Son expresiones de la vida.
Son resultado de la Tierra, no del Estado.
Al trabajar con flores —ya sea en la naturaleza, en la terapia floral o en la investigación— el desafío es aprender a verlas libres de nuestras categorías, para poder recibir lo que verdaderamente ofrecen:
un lenguaje universal, una medicina emocional que no conoce fronteras, y una forma de sabiduría que recuerda que el mundo natural siempre fue más grande que nuestras fronteras humanas.
TODAS LAS FLORES SON DEL WALLMAPU